A finales del siglo XVI, Nápoles era una de las grandes capitales de la Monarquía Hispánica y una de las ciudades más pobladas de Europa. Su posición en el Mediterráneo la convertía en un enclave estratégico desde el que se organizaban flotas, se abastecían guarniciones y se sostenía la presencia militar española frente al Imperio otomano, los corsarios berberiscos y los conflictos del norte europeo.
En ese contexto, el vino desempeñó un papel estructural. No fue un producto de prestigio ni un bien suntuario, sino un recurso básico para la alimentación diaria de soldados y tripulaciones, además de una fuente relevante de ingresos para la administración virreinal. Su producción y circulación formaban parte del funcionamiento ordinario de la ciudad y de su hinterland agrícola.
Más allá del ámbito militar, el vino articulaba la vida social de una urbe diversa y cosmopolita. Con una población que superaba ampliamente las trescientas mil personas, Nápoles concentraba soldados, mercaderes y funcionarios procedentes de distintos territorios de la Europa católica. En tabernas similares a las de Castilla, el consumo cotidiano de vino actuaba como elemento de cohesión y convivencia.
Ese consumo se apoyaba en un paisaje vitícola compartido con otros territorios mediterráneos de la Monarquía. En la Campania dominaban las cepas en alto y emparradas, rodeadas de olivos y cereal, un modelo agrícola común también en lugares como Valencia o Cerdeña. Variedades resistentes al calor, como Greco, Falanghina, Aglianico o Catalanesca, abastecían una producción pensada para el consumo inmediato.
Los vinos resultantes eran sencillos, a menudo mezclados y rebajados con agua, destinados a una rápida circulación. No buscaban largos viajes ni mercados de lujo. Su valor residía en la capacidad de garantizar un suministro constante y eficaz allí donde se necesitaba, integrados en rutas cortas y seguras que conectaban Nápoles con Sicilia, Cerdeña, el Levante español y el eje estratégico del norte de Italia.
En los siglos XVI y XVII, el vino napolitano no puede entenderse como un vino “italiano” en sentido moderno. Funcionaba dentro de un sistema fiscal, logístico y cultural común al resto de la Monarquía Católica.
Aunque ese vínculo político se diluyó con el tiempo, el vino mantuvo su función social cotidiana, reconocible aún hoy tanto en una ostería de la Campania como en una taberna castellana.
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Historias del vino – Nápoles: el vino que sostuvo la retaguardia de un Imperio
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