En enero de 1817, el Ejército de los Andes inició su marcha hacia Chile. Más de cinco mil hombres, criollos, milicianos, exiliados y auxiliares, atravesaron la cordillera a más de cuatro mil metros de altura, con noches de frío extremo y semanas de camino sin más referencia que las cumbres nevadas. Entre las provisiones que cargaban figuraba un producto tan estratégico como las municiones: vino de Mendoza. Era parte esencial de la ración diaria para resistir la altitud y el frío.
Al frente de ese ejército estaba José de San Martín, militar de padres españoles, formado en Madrid desde niño y veterano de la guerra contra Napoleón en la Península. En 1812 cruzó el Atlántico de vuelta a América y se sumó a la causa independentista en Buenos Aires. Dos años después fue nombrado gobernador de Cuyo, intendencia con capital en Mendoza. Lo que encontró allí era un territorio pequeño, aislado y con comunicaciones cortadas tras las derrotas independentistas en Chile. Lo que dejó, años después, era otra cosa.
San Martín transformó Cuyo en una base militar autosuficiente. Dio instrucciones concretas para aumentar la producción de vino, destilar más aguardiente y ampliar los cultivos mediante nuevos canales de riego. Movilizó a la población para levantar talleres de fundición, telares y fábricas de pólvora. No ocultaba su orgullo por el vino de esa tierra: lo defendía frente a quienes, por costumbre o esnobismo, preferían cualquier botella con etiqueta europea. La vid de Mendoza era, para él, parte de la identidad de ese territorio.
Las cepas que San Martín impulsó tenían siglos de historia en la región. Los misioneros del siglo XVI habían plantado las primeras viñas en Cuyo. Lo que crecía allí no eran variedades francesas ni españolas puras: era ya una viticultura criolla, adaptada al suelo y al clima andino tras generaciones de cultivo. Ese vino acompañó a los soldados durante las tres semanas de travesía por la cordillera y en los meses de campaña que siguieron.
La campaña culminó en febrero de 1817 con la liberación de Chile, y cuatro años después San Martín entraba en Lima para proclamar la independencia del Perú. Pero la victoria política trajo también la decepción. Las nuevas repúblicas no tomaron el rumbo que él esperaba. Desilusionado, abandonó América y se instaló primero en Londres, luego en Bruselas y finalmente en Francia, donde murió en 1850 en la ciudad costera de Boulogne-sur-Mer, lejos de las viñas mendocinas que nunca volvió a ver.
Ese mismo año de su muerte, las cepas criollas de Mendoza empezaron a ser arrancadas. En su lugar se plantaron las primeras variedades francesas, siguiendo la moda europea que las nuevas élites latinoamericanas adoptaron como señal de modernidad. El vino que había financiado una independencia fue sustituido por el vino del país que la independencia quería imitar. La historia del viñedo de los Andes es también, en miniatura, la historia de una identidad que tardó siglos en encontrar su propio lenguaje.
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Historias del vino — San Martin y el vino que cruzo los Andes
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