En julio de 1797, la escuadra británica al mando de Horacio Nelson intentó tomar Santa Cruz de Tenerife. El puerto era escala obligada en la ruta atlántica entre España y América, y su captura habría sido un golpe devastador para la Monarquía Hispánica. Pero los defensores tinerfeños rechazaron el asalto. Nelson pagó la derrota con el brazo derecho, amputado tras recibir un disparo en el muelle. El general español que lo derrotó hizo algo inesperado: envió a los heridos enemigos a los hospitales de la ciudad y, antes de embarcarlos de vuelta, les regaló pan, fruta y vino de la isla.
El vino en cuestión era malvasía de Tenerife, y Nelson lo conocía bien. En los clubes de Londres llevaba décadas circulando como una de las bebidas más preciadas entre las élites británicas. Sin embargo, su comercio hacia Inglaterra se había visto frenado por leyes de 1663 que protegían los puertos propios, y definitivamente herido por el Tratado de Methuen de 1703, que daba preferencia arancelaria a los vinos portugueses. Los comerciantes canarios habían encontrado otra salida: el Atlántico americano.
A mediados del siglo XVIII, el malvasía de La Orotava cruzaba regularmente el océano hacia Nueva York, Filadelfia y Charleston. Los que lo vendían eran una mezcla heterodoxa: comerciantes canarios, escoceses huidos de la persecución religiosa británica, como los Cólogan, familia irlandesa afincada en Tenerife, y negociantes norteamericanos. Solo en el puerto de Charleston llegaron a descargarse en un año más de doscientas pipas de vino canario, cifra comparable a las importaciones de Madeira.
Ese mismo vino jugó un papel en la independencia de los Estados Unidos. En 1781, pocas semanas antes de la rendición británica en Yorktown, George Washington pidió destinar parte de un cargamento de malvasía canaria al cuidado de sus soldados heridos. España, en paralelo, apoyaba la causa rebelde por otras vías: armas y dinero llegaban desde Bilbao, y Bernardo de Gálvez, con canarios entre sus reclutas, expulsaba a los británicos de Florida y del Mississippi.
Ocho años después de Santa Cruz, en octubre de 1805, Nelson murió en Trafalgar, esta vez convertido en héroe nacional británico. Su cuerpo debía regresar a Inglaterra en condiciones dignas para un funeral de Estado. Los cirujanos de la armada lo sumergieron en un barril de brandy para preservarlo durante la travesía. No en un barril de malvasía canaria, aunque hubiera sido el vino más adecuado para el viaje: el mismo que los tinerfeños le habían regalado ocho años antes.
La historia del malvasía de Nelson condensa en un solo objeto, un barril de vino, tres guerras, dos continentes y una red comercial que los libros de historia raramente conectan. El vino canario estuvo presente en la batalla que frenó a Nelson, en la guerra que dio independencia a los Estados Unidos y en la ruta atlántica que unió las islas con América durante más de un siglo. El brandy del regreso era el final lógico de esa historia: distinto líquido, mismo recipiente, diferente destino.
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Historias del vino — El malvasia de Nelson: el adios a la inglesa del vino canario
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