Moriscos bebiendo vino en una taberna de la España del siglo XVII

Moriscos y vino: identidad, conversión y expulsión

Comprar una viña para que el vecino dejara de mirarte con recelo. Así de lejos llegó, en la Castilla y la Valencia del siglo XVI, la presión sobre los moriscos, los descendientes de musulmanes bautizados por decreto que vivían en la España de los Austrias. Para ellos, una cepa no era solo una inversión agrícola: era una declaración pública de la fe que se les exigía.

El motivo estaba en la mesa. Cerdo y vino eran dos productos de consumo corriente entre los cristianos viejos y dos productos que el islam rechazaba, aunque con matices distintos: el Corán prohíbe expresamente el cerdo, mientras que el vino, condenado por la doctrina, había circulado durante siglos por las mesas de Al-Ándalus. Negarse a probar el tocino o a llenar el vaso podía leerse como el signo de una conversión fingida, y los archivos inquisitoriales conservan denuncias fundadas exactamente en eso.

El teatro del Siglo de Oro convirtió aquella tensión en un chiste. En los corrales de comedias, Lope de Vega y otros autores hicieron reír al público con el morisco que devoraba tocino y apuraba jarras con un entusiasmo sospechosamente exagerado. La gracia funcionaba porque todos los espectadores entendían el código: quien sobreactúa la cristiandad es porque tiene algo que esconder.

Con el paso de las décadas, sin embargo, el vino dejó de ser solo un salvoconducto y pasó a formar parte de la vida ordinaria de muchas comunidades moriscas. En Daimiel, hacia 1538, los jornaleros de origen musulmán recibían una parte de su jornal en vino, algo impensable si la bebida hubiera seguido siendo un tabú doméstico. En el reino de Valencia, donde se concentraba la mayor población morisca de la Península, la documentación de Gandía habla de tabernas frecuentadas por moriscos y de borracheras que nadie consideraba extraordinarias.

Esa integración tenía límites y tenía género. Muchos de aquellos bebedores seguían guardando el Ramadán en secreto y evitaban la taberna durante el mes de ayuno. Y el cambio de costumbres fue sobre todo masculino: los hombres, más presentes en el trabajo asalariado y en los espacios de ocio, adoptaron antes los hábitos cristianos, mientras que las mujeres mantuvieron durante más tiempo la cocina y la mesa musulmanas dentro de la casa.

Nada de aquello pesó en 1609. Felipe III decretó la expulsión de los moriscos por desconfianza hacia su fe y por temor a que sirvieran de apoyo al Imperio otomano y a los corsarios del norte de África. Cinco años después, unas trescientas mil personas habían salido de España. Los concejos y los señores que perdían una mano de obra experta en el campo protestaron sin éxito. Las viñas compradas como credencial de cristiandad quedaron atrás.

Fue Cervantes quien dio a esa historia su epílogo más humano. En la segunda parte del Quijote, Sancho se encuentra con su antiguo vecino Ricote, un morisco expulsado que ha vuelto clandestinamente disfrazado de peregrino y que comparte con sus compañeros de camino una bota de vino. A diferencia del personaje cómico de Lope, Ricote bebe sin sobreactuar. Ya no tiene que demostrar nada a nadie: la expulsión le ha quitado la patria, pero también la obligación de fingir.


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Historias del vino – El vino como prueba de fe en la España del siglo XVII

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