México fue el primer lugar de América donde las viñas europeas fructificaron con éxito. Ocurrió hacia 1530, apenas una década después de la conquista de Tenochtitlan. No fue California, ni Chile, ni Argentina: fue México. Y sin embargo, el gran mapa del vino americano terminó dibujándose en otros lugares. La pregunta es qué ocurrió para que el país que empezó antes terminara tan lejos del protagonismo que parecía destinado a tener.
Tras la independencia de 1821, el nuevo Estado mexicano intentó proteger su producción vitivinícola con aranceles y ventajas fiscales para quienes plantaran nuevas viñas. Pero el país estaba roto. La guerra contra la metrópoli había dejado una economía devastada. En las cuatro décadas siguientes se sucedieron más de cincuenta gobiernos, guerras civiles e invasiones extranjeras. Y se perdió la mitad del territorio heredado de la Nueva España. En esas condiciones, plantar cepas y esperar años hasta la primera cosecha no parecía el negocio más razonable.
Había, sin embargo, una razón menos visible y quizá más determinante. El México independiente necesitaba construir una identidad propia, diferente y separada del orden virreinal. En ese proceso, el pulque y más tarde el mezcal se convirtieron en símbolos de la nueva nación: bebidas indígenas, previas a la conquista, ajenas al colonizador. El vino, por el contrario, quedó asociado a la Iglesia, al viejo orden español y a las clases urbanas que importaban botellas de la Península. No desapareció, pero tampoco se convirtió en algo con lo que el nuevo país quisiera reconocerse.
Entre 1876 y 1911, el presidente Porfirio Díaz intentó modernizar la agricultura mexicana. Pero esa modernización miraba a Francia: se importaron variedades francesas de uva y se abrió el mercado a los vinos galos con condiciones ventajosas. Para las élites del Porfiriato, lo refinado era una copa de Burdeos, no un caldo de la joven República. El viñedo mexicano quedó atrapado entre el desprecio identitario y la competencia de los vinos europeos que las propias élites preferían.
Mientras tanto, al norte, la historia tomó otro rumbo. La Alta California, que Estados Unidos se anexionó en 1848, atrajo rápidamente capitales, conocimiento técnico e inmigración europea: viticultores alemanes, italianos y húngaros que además consumían vino y querían producirlo. En 1861, Charles Krug fundó la primera bodega del Valle de Napa. En dos décadas se abrieron más de ciento cuarenta bodegas en esa región. Por esa misma época, el viñedo mexicano era pequeño y estaba concentrado en la zona de Parras, en Coahuila. Y a finales del siglo XIX, la filoxera llegó en sarmientos importados de Francia y arrasó lo que quedaba.
Dos siglos después de la independencia, México parece haber retomado el pulso. El valle de Guadalupe, a cien kilómetros de San Diego, cuenta ya con unas ciento cincuenta bodegas y produce vinos reconocidos internacionalmente. La antigua Nueva España, la tierra donde las viñas europeas fructificaron por primera vez en América, está construyendo por fin una identidad vitivinícola propia. Tarde, pero con una historia detrás que ningún otro país del continente puede igualar.
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Historias del vino — El vino que no pudo ser mexicano
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