El libro que fusionó el viñedo árabe y romano: Gabriel Alonso de Herrera

En 1492, mientras Castilla celebraba la toma de Granada, un joven clérigo de Talavera de la Reina hacía algo inusual: quedarse entre los vencidos para aprender de ellos. Gabriel Alonso de Herrera había llegado a la ciudad nazarí con una misión que nadie hubiera denominado entonces investigación de campo, pero que en esencia lo era. Los agricultores musulmanes granadinos cultivaban la vid con una precisión heredada de siglos: conocían el suelo, el riego, la poda y los tiempos de la uva como ningún manual latino había sabido describir. Herrera los observó, los interrogó y los estudió durante casi una década.

Cuando en 1502 el cardenal Cisneros ordenó la conversión forzosa o el exilio de la comunidad mudéjar, el pueblo que había instruido a Herrera quedó deshecho. Pero el conocimiento que había transmitido siguió vivo en los cuadernos del clérigo. A partir de ese año, Herrera emprendió una gira por España, Francia, Alemania e Italia en busca de manuscritos latinos de agronomía clásica. Fue el primer gran viaje comparativo de la viticultura europea: un hombre que cotejaba Columela con lo aprendido bajo los arcos de la Alhambra.

El encargo de Cisneros era preciso y ambicioso a partes iguales: escribir en castellano, en lengua que entendieran los que trabajaban la tierra, el primer manual agrícola de España. No en latín para académicos, sino en romance para labradores. Cisneros financiaba el proyecto y ponía su escudo en la portada. Herrera ponía la síntesis de dos mundos que, políticamente, acababan de separarse para siempre.

En 1513, en Alcalá de Henares, salió de imprenta la Obra de agricultura. Su libro segundo era un tratado completo sobre la vid y el vino: cultivo, vendimia, bodega, vasija, fermentación, defectos del vino y sus remedios. La estructura era romana: Columela, Paladio, Varrón. Pero la mirada sobre el viñedo, el suelo y la conducción de la planta era andalusí. Herrera lo dejó escrito en el prólogo con una honestidad poco habitual en la época: no había compilado, había sintetizado.

El libro fue un éxito sin precedentes en la literatura agrícola española. Doce ediciones en castellano solo en el siglo XVI, cinco en italiano, reimpresiones hasta el siglo XIX. Las variedades que Herrera describía, Torrontés, Moscatel, Palomino, eran las mismas que los colonizadores extremeños y andaluces cargaron en los barcos hacia México y Perú en las décadas siguientes. América recibió una viticultura que era, sin que nadie lo hubiera planeado, el resultado de la fusión entre Roma y Al Ándalus.

La historia de Alonso de Herrera es la historia de un libro que nació en la frontera de dos civilizaciones. El primer gran tratado del vino en español no fue solo un manual técnico: fue el recipiente en el que dos tradiciones opuestas, la clásica y la andalusí, se mezclaron por primera vez en un solo texto, en una sola lengua y con un solo destino. Ese destino era el Nuevo Mundo, y lo que llegó allí fue ya, desde el primer viaje, un mestizaje.


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Historias del vino — Alonso de Herrera: el viajero que unio dos tradiciones vitivinicolas

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