Cómo la Orden de Santiago convirtió La Mancha en el mayor viñedo del mundo

En julio de 1212, la batalla de las Navas de Tolosa quebró el poder almohade en la Península. La frontera se desplazó hacia el sur y abrió un inmenso territorio al norte de Sierra Morena: La Mancha. Era una llanura enorme, casi vacía, expuesta a la guerra y al saqueo. A principios del siglo XIII, nadie quería ir allí a quedarse. Y si nadie se quedaba, la conquista no servía de nada: los territorios sin pobladores no se defienden, no pagan impuestos y no generan riqueza.

La Orden de Santiago encontró en la vid la respuesta al problema. Esta orden militar y religiosa, dotada por los reyes castellanos de castillos, tierras, jurisdicción y ejército propio, tenía la obligación de no solo conquistar sino también de poblar y administrar los territorios bajo su control. Necesitaba un cultivo capaz de fijar a la gente en la tierra. El cereal no funcionaba: podías sembrarlo y marcharte. El ganado tampoco: se movía con el pastor. Pero una viña exigía esperar años antes de dar fruto. Quien la plantaba estaba diciendo con ese gesto: aquí me quedo.

La Orden empezó ofreciendo exenciones fiscales a quienes construyeran una casa y plantaran viñas. Con el tiempo esos incentivos quedaron incorporados a las cartas pueblas, los documentos fundacionales de las nuevas poblaciones. No era solo un estímulo económico: era una política de arraigo deliberada. La vid como instrumento de colonización. Un siglo después de las Navas de Tolosa, la discusión en las aldeas manchegas bajo jurisdicción de la Orden ya no era si había que plantar viñas. Era cuántas debía plantar cada familia.

La diferencia con otras regiones de España era notable. En los valles del Duero, del Ebro o del Miño, habían sido los monasterios los que impulsaron la recuperación del viñedo durante la Alta Edad Media. Aquí, en la llanura al sur del Tajo, fueron las Órdenes Militares: Santiago en la Mancha oriental y la zona de Montiel, Calatrava en los campos que llevan su nombre, San Juan en su propio territorio. Cada orden con su estilo de administración, pero todas con la misma herramienta: la vid como ancla para una tierra que nadie quería habitar.

En 1575, la Corona encargó las Relaciones Topográficas de Felipe II: un extenso cuestionario enviado a todos los pueblos de Castilla para conocer su realidad económica y social. Los pueblos manchegos respondieron. Y muchos de ellos hablaron de sus viñas, de su vino y de las rutas por las que lo comerciaban. Tres siglos después de que las Órdenes comenzaran su política de incentivos vitícolas, La Mancha era ya una economía vitivinícola consolidada.

Hoy, La Mancha cuenta con más de cuatrocientas mil hectáreas de viñedo: el mayor viñedo continuo del mundo. Es la tierra más seca de la meseta, la que en la Edad Media casi nadie quiso habitar, la que durante siglos fue frontera y campo de batalla. Su paisaje de cepas bajas y cielo inmenso es el resultado directo de una decisión política tomada hace ochocientos años: plantar viñas para que la gente se quedara. Funcionó más de lo que nadie hubiera podido imaginar.


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Historias del vino — Las Ordenes Militares y el vinedo de La Mancha

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