Suetonio lo cuenta en pocas líneas: en el año 92, el emperador Domiciano mandó arrancar la mitad de las viñas de las provincias porque el Imperio producía demasiado vino y demasiado poco trigo. En unas décadas la vid se había extendido por todo el Mediterráneo, a menudo sobre tierras de cereal. El edicto alcanzó también a Hispania, y en particular a la franja costera de la actual Cataluña, donde el vino sostenía desde hacía un siglo una economía volcada en la exportación.
Aquella región era la Layetania, el territorio de las actuales Barcelona, Badalona y Mataró. Sus ánforas han aparecido en el norte de la Galia y en los campamentos legionarios de Germania. En su momento de mayor actividad, más de 120 complejos —viñedos, lagares, almacenes y alfares— trabajaban para ese comercio. No todo el vino de la costa nororiental tenía el mismo rango: el de Tarraco gozaba de prestigio; el layetano vendía sobre todo por volumen y alcance.
Y un día aquel engranaje empezó a fallar. Tras más de cien años abasteciendo al Imperio, la industria layetana entró en declive. Durante siglos la explicación fue cómoda: la culpa era del edicto imperial. Hoy sabemos que Domiciano se desentendió pronto de su propia orden, más atento a las grandes familias propietarias de viñedos que a la balanza entre vino y grano, y que la caída del vino layetano había comenzado antes de que nadie hablara de arrancar cepas.
La causa estaba mucho más cerca que Roma. Al norte, en torno a Narbona, habían crecido viñedos nuevos pegados a las rutas que llevaban a los mercados galos, británicos y renanos. Sus vinos viajaban menos y, por tanto, se vendían más baratos. Al sur, dentro de la propia Hispania, surgieron los vinos de Sagunto y Denia. Juvenal y Frontón se burlaban de su calidad, pero eso importaba poco: Roma ya no compraba el mejor vino, compraba el que tenía más a mano.
Denia, con sus almacenes portuarios, fue ganando posiciones en las rutas hacia la capital, Cerdeña y el sur de la Galia. La Layetania perdió un tercio de sus establecimientos y los que sobrevivieron tuvieron que reorganizarse. Algunas marcas estampadas en ánforas sugieren incluso que ciertos productores layetanos acabaron envasando para sus competidores.
No fue el final del vino en aquella costa, sino el final de su dominio comercial. Las viñas siguieron dando fruto y los lagares siguieron pisando uva, pero la industria se volvió más pequeña, más regional y menos dependiente de Roma. Domiciano firmó una orden que nunca se cumplió del todo; el mercado dictó una sentencia que sí se ejecutó y que transformó para siempre una de las primeras grandes regiones vinícolas de Hispania.
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Historias del vino – El ocaso del vino layetano: no todo fue culpa del emperador
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