Racimos de uva Torrontés en un viñedo de Cuyo con los Andes al fondo

Torrontés, la uva criolla que Argentina confundió con francesa

Cuando la provincia de Mendoza decidió en 1853 modernizar sus viñedos, miró hacia Francia. Fundó la Quinta Normal de Agricultura, contrató al agrónomo Michel Aimé Pouget y con él entraron más de cien variedades francesas, la Malbec entre ellas. Detrás de aquella decisión había una convicción compartida por las élites del joven país: las cepas heredadas de la época hispánica eran un atraso que convenía corregir. Domingo Faustino Sarmiento llegó a presumir de que Argentina producía ya vino de Burdeos gracias a uvas que habían enmendado los defectos de las propias.

Lo que nadie sabía era que entre esas uvas despreciadas crecía una variedad que no existía en ningún otro lugar del mundo. En Cuyo se cultivaba desde el siglo XVI la Criolla Chica, la Listán Prieto española. Dos siglos más tarde, los jesuitas de Mendoza plantaron Moscatel de Alejandría, conocida entonces como Uva de Italia. En algún momento del siglo XIX, ambas se cruzaron de forma espontánea y nació la Torrontés.

Durante medio siglo la nueva uva creció mezclada con las demás, sin nombre y sin identidad propia. Los viticultores fueron quedándose con las mejores plantas sin saber que estaban seleccionando una variedad inédita. En 1867 el sanjuanino Damián Hudson la describió por primera vez y elogió el gusto y el aroma de sus vinos, pero la creyó europea. Tres años después, el agrónomo Eusebio Blanco la catalogó como una sauvignon a la que el vulgo llamaba Torrontés.

El error no era casual. En la Argentina del XIX el prestigio hablaba francés. Pouget presentó en París uno de sus vinos como Burdeos de Mendoza, y tras él vinieron los Borgoña, Chablis, Médoc y Champagne argentinos. En 1941 las variedades francesas ocupaban casi el ochenta por ciento del viñedo mendocino. La Torrontés sobrevivió en los márgenes: San Juan, La Rioja y el noroeste andino.

Todavía en pleno siglo XX los ampelógrafos argentinos seguían sin saber de dónde había salido. La respuesta llegó en 2003 con los análisis genéticos: no procedía de Europa, sino del cruce de dos uvas llegadas en tiempos de la Monarquía Hispánica. Era, en sentido estricto, la más americana de las variedades cultivadas en el país.

Hoy la Torrontés comparte con la Malbec el papel de emblema del vino argentino, con una diferencia de origen: la tinta llegó importada, la blanca nació al pie de los Andes. Argentina cultiva tres variedades —Riojana, la más conocida, Sanjuanina y Mendocina— que suman algo más de 8.000 hectáreas, apenas el cuatro por ciento del viñedo nacional. Una presencia modesta para la uva más mestiza y más hispana del país.


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Historias del vino – Torrontés: la uva mestiza que Argentina tardó en reconocer

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