Recreación de trabajadores y técnicos cosechando uva en el Real Cortijo de Aranjuez hacia el año 1770

Real Cortijo de San Isidro: historia del proyecto vitivinícola más ambicioso de Carlos III

En 1766, Carlos III ordenó construir en Aranjuez el proyecto vitivinícola más ambicioso de la monarquía española: el Real Cortijo de San Isidro. Más de doscientas hectáreas con ciento veintiocho mil cepas de uva traídas de Jerez, Málaga y Nápoles, una bodega subterránea de casi medio kilómetro con bóvedas de ladrillo visto y tinajas reservadas para la mesa real.

Se trataba de un laboratorio agronómico de la Ilustración que aspiraba a demostrar que el viñedo español podía ser racional, productivo y moderno.

El proyecto funcionó durante doce años. Abasteció de vino y aceite al Palacio de Aranjuez. Pero dependía enteramente de la Corona: subvenciones, protección política directa, un centenar de colonos y técnicos. Era un escaparate, no una empresa.

El vino que producía no tenía puerto, ni contratos, ni red de intermediarios. Los mercados internacionales pedían jereces, málagas y aguardientes catalanes, no vinos de la meseta sin salida al Atlántico.

Cuando Carlos III murió, el Real Cortijo de San Isidro quedó huérfano. En 1795, Carlos IV lo cedió a Manuel Godoy, primer ministro y hombre más influyente de España.

Godoy intentó rentabilizarlo: potenció la producción vinícola, racionalizó gastos, introdujo la fabricación de aguardiente. No lo logró. En 1798 lo permutó por la Albufera valenciana.

La Ilustración española sabía diseñar viñedos. No sabía construir las condiciones materiales que sus propios proyectos necesitaban.

Las bóvedas de ladrillo del Real Cortijo siguen en pie a sesenta kilómetros al sur de Madrid. La bodega produce vino de nuevo. La idea que la construyó no sobrevivió al siglo.


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Historias del vino — El Cortijo de Carlos III: ideas para un viñedo ilustrado

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