En septiembre de 1522, la nao Victoria regresó a Sevilla con dieciocho supervivientes y una bodega llena de especias. Juan Sebastián Elcano había completado la primera vuelta al mundo. Para la Corona española, aquella gesta abría la posibilidad de disputar a Portugal el control de las Molucas, las islas productoras de clavo, nuez moscada y pimienta. La apuesta requería una logística monumental: abastecer flotas durante años a miles de kilómetros de distancia. Y en esa red logística apareció un vino gallego con siglos de historia en los puertos atlánticos.
El vino de Ribadavia procedía del valle del Ribeiro, en el interior de Galicia. Desde la Baja Edad Media se exportaba hacia Inglaterra, Flandes y otros mercados del norte de Europa. Tenía fama por su acidez bien marcada y por su capacidad para resistir los viajes largos sin deteriorarse. Su red comercial estaba consolidada: productores, transportistas y comerciantes con experiencia en el Atlántico. Cuando la Corona necesitó abastecer expediciones transoceánicas, el vino de Ribadavia ya estaba preparado para el papel.
En 1525, Carlos I organizó una nueva armada para asegurar la presencia española en las Molucas. Al frente situó a García Jofre de Loaisa. La flota no partió de Sevilla sino de La Coruña, lo que situaba a Galicia en el centro de la empresa. Los registros de gasto de la expedición son precisos: la mayor parte del dinero destinado a abastecimientos, ochocientos setenta mil maravedíes, se gastó en vino de Ribadavia. Era un vino que mejoraba con los viajes transoceánicos.
La expedición de Loaisa fue un desastre. Las tormentas dispersaron la flota, el hambre y las enfermedades diezmaron las tripulaciones. Murió Loaisa. Murió también Elcano, que participaba como segundo jefe de la empresa. El Tratado de Zaragoza de 1529 cerró las aspiraciones hispanas sobre las Molucas a cambio de una compensación económica. Parecía el final. Pero entre los supervivientes de aquella expedición se encontraba un marino vasco llamado Andrés de Urdaneta.
Urdaneta pasó casi una década en el Pacífico y el sudeste asiático, aprendiendo de los vientos y las corrientes con una dedicación que ningún otro navegante europeo había tenido. Décadas después, ese conocimiento acumulado fue la clave para establecer la presencia española en Filipinas y para descubrir el tornaviaje: la ruta de regreso desde Manila hasta Acapulco. Lo que había comenzado como una carrera por el control de unas islas especieras terminó creando la primera conexión comercial global entre Europa, América y Asia.
El vino de Ribadavia estuvo en el origen de esa historia. No como protagonista, sino como parte indispensable de la infraestructura que hizo posible la aventura. Sin las redes comerciales consolidadas del vino gallego, sin su capacidad para resistir los viajes atlánticos, la logística de aquellas expediciones habría sido más costosa y más frágil. La historia del Galeón de Manila, que durante dos siglos y medio unió Asia, América y Europa, tiene en su punto de partida, entre otras cosas, un cargamento de vino gallego.
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Historias del vino — El vino de Ribadavia y la carrera espanola por la Especieria
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