El cooperativismo vitivinícola y la supervivencia del viñedo en el siglo XX están estrechamente ligados a uno de los grandes problemas históricos del sector: la dificultad de los pequeños productores para vender sus uvas en condiciones justas.
En España, Chile o Argentina, durante décadas, miles de viticultores carecieron de bodega propia, acceso al crédito y capacidad de negociación frente a intermediarios y grandes bodegas.
En ese contexto surgieron las cooperativas vitivinícolas, empresas formadas por los propios productores para transformar y vender en común su cosecha. Este modelo permitió organizar la producción, reducir costes y ganar fuerza colectiva en un siglo marcado por crisis agrarias, conflictos bélicos e inestabilidad económica, convirtiéndose en una herramienta clave para sostener el viñedo.
Las primeras experiencias cooperativas aparecieron tras la crisis de la filoxera, que a finales del siglo XIX destruyó más de dos millones de hectáreas de viñedo en Europa. Tras la replantación y la mejora de las técnicas agrícolas, la producción se recuperó con rapidez y generó excedentes difíciles de absorber por el mercado, lo que dejó a muchos viticultores en una posición de clara dependencia comercial.
En sus inicios, el cooperativismo vitivinícola fue un fenómeno limitado y local. En España, las experiencias más tempranas y estables se concentraron en Cataluña, donde en 1894 nació la primera bodega cooperativa del país, en Barberà de la Conca.
Sin embargo, en los años veinte y treinta el número de cooperativas seguía siendo reducido, muy lejos de la implantación alcanzada en Francia, mientras que en Chile y Argentina el sector permanecía dominado por grandes grupos bodegueros.
El gran impulso llegó a mediados del siglo XX, cuando los Estados intervinieron de forma directa en la industria vitivinícola. En España, durante la dictadura franquista, el cooperativismo fue promovido mediante crédito público y estructuras sindicales tuteladas, como instrumento para ordenar la producción, regular precios, reducir la conflictividad social y controlar políticamente al campesinado en el medio rural.
Hacia la segunda mitad del siglo XX, el cooperativismo vitivinícola alcanzó su máximo desarrollo en España, llegando a elaborar entre el 60 y el 70 % del vino del país y agrupando a más de la mitad de los viticultores.
En Argentina, especialmente en Mendoza, las cooperativas se consolidaron a partir de los años cuarenta como una herramienta para asegurar el abastecimiento urbano y aumentar la producción, mientras que en Chile cumplieron un papel esencial en la supervivencia de explotaciones familiares.
Así, el cooperativismo se convirtió en la verdadera bodega del pueblo.
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Historias del vino – Unirse o desaparecer: las cooperativas vitivinícolas del siglo XX
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