El Galeón de Manila fue uno de los grandes ejes comerciales del mundo moderno: una ruta que conectó durante más de dos siglos los territorios asiáticos del imperio español con América y, desde allí, con Europa.
Aunque su fama procede sobre todo del tráfico de seda, especias y porcelanas, el vino desempeñó también un papel esencial en la vida cotidiana de quienes mantenían en marcha esta compleja red atlántico-pacífica. El vino era un recurso de sociabilidad, alimentación y prestigio que viajaba miles de kilómetros entre continentes.
Las tripulaciones españolas, novohispanas y criollas dependían del vino para afrontar las largas travesías entre Acapulco y Manila, una de las rutas más exigentes y peligrosas de la navegación global. En un entorno donde el agua se corrompía con facilidad y las condiciones eran extremas, el vino resultaba indispensable para mantener la moral y la salud, además de funcionar como elemento de cohesión entre marineros de diversos orígenes.
El comercio también se benefició de este intercambio. Aunque el vino no fue la mercancía principal del Galeón, sí circuló con frecuencia en ambos sentidos: vinos peninsulares y novohispanos viajaban hacia Asia para abastecer a las comunidades hispanas en Manila. Algunos caldos locales producidos en Filipinas o adaptados al clima tropical -como el «vino» de palma- regresaban a México y a los puertos del Pacífico. Este flujo, modesto pero constante, contribuyó a crear una cultura material compartida entre mundos muy distantes.
En Manila, el vino se integró en la vida urbana de Intramuros, donde convivían españoles, criollos, indígenas tagalos, pobladores y comerciantes chinos -llamados sangleyes- y comunidades de otras procedencias. Su presencia en celebraciones, rituales religiosos y actos públicos reforzó una identidad hispana que se extendía más allá de la península ibérica. El vino se convirtió así en un símbolo de pertenencia dentro de una sociedad plural y profundamente mestiza.
El Galeón de Manila no dejó un legado vitivinícola en Filipinas, por razones fundamentalmente climáticas, pero sí impulsó intercambios gastronómicos y culturales de gran alcance. Su persistencia durante siglos recuerda que la llamada «primera globalización», la ruta hispana que unió Europa, América y Asia, no se construyó solo con mercancías de lujo. También, con productos cotidianos como el vino.
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Historias del vino – El vino, el Galeón de Manila y la conexión hispana en Filipinas
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