Comerciantes griegos descargando ánforas con vino en el puerto de Emporion en Iberia

El vino griego y el comercio del buen gusto en la Iberia prerromana

Cuando Roma inició la conquista de Hispania en el siglo II a. C., encontró en las costas orientales de la península ibérica algo poco habitual para lo que consideraba pueblos bárbaros: unas élites indígenas que ya utilizaban el vino como signo de prestigio social, ritual y cultural.

Esa realidad no era fruto de la acción romana, sino de una influencia anterior: la del mundo griego.

Desde el siglo VI a. C., los griegos establecieron rutas comerciales estables hacia la Iberia mediterránea. No llegaron como colonos agrícolas ni como viticultores sino como comerciantes. Llevaron sus propios vinos, producidos en el Egeo, e introdujeron en Iberia una forma nueva de entender el vino: como un bien identificado por su origen, su reputación y su modo de consumo.

Puertos como Emporion, fundada por foceos procedentes del entorno de Massalia, se convirtieron en centros clave de intercambio. Las ánforas que llegaban a estos enclaves permitían reconocer la procedencia y tipología del vino, introduciendo en lo que hoy es España una noción temprana de clasificación y prestigio del producto.

El vino griego no circuló de forma indiscriminada. Su consumo quedó vinculado a las élites indígenas, que lo incorporaron a banquetes, ceremonias y rituales funerarios. Beber vino griego significaba participar de un código cultural compartido en el Mediterráneo oriental, basado en el control del consumo, el ritual y la distinción social.

El modelo del simposio heleno sirvió como referencia para estas prácticas. El vino no era solo una bebida, sino un lenguaje social que diferenciaba a quienes dominaban sus normas de quienes quedaban fuera de ellas.

Las copas importadas y los objetos asociados al vino transmitían un imaginario simbólico complejo, poblado de héroes y dioses. Entre ellos destacaba Dionisio, figura central de la cultura griega del vino, asociada tanto al placer como al orden ritual y a la mesura. En este contexto, la embriaguez descontrolada no era un valor, sino una pérdida de estatus.

Muchos pueblos iberos incorporaron de forma selectiva estos códigos culturales, integrándolos en sus propias tradiciones sin abandonar su identidad.

Cuando Roma llegó siglos después, encontró una Iberia oriental donde el vino ya tenía un valor cultural consolidado. Esa base permitió que, bajo dominio romano, el viñedo se expandiera, la producción se organizara de forma sistemática y el consumo del vino se extendiera progresivamente a capas más amplias de la población.

La gran transformación romana del vino en Hispania se apoyó, así, en un proceso previo: el comercio griego del buen gusto.


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Historias del vino – Grecia y el vino en Iberia: beber para pertenecer

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