Peregrino junto a viñedo y monasterio de Leyre en Navarra en la Edad Media

El Camino de Santiago y el origen del mapa del vino en España

E descubrimiento en el siglo IX de la supuesta tumba del apóstol Santiago transformó el noroeste de la Península Ibérica en uno de los grandes destinos de peregrinación de Occidente. A partir de ese momento, el Camino de Santiago se consolidó como una ruta capaz de movilizar de forma continuada a miles de viajeros procedentes de toda Europa.

Ese flujo tuvo consecuencias que fueron más allá del ámbito religioso. Entre ellas, el desarrollo del viñedo en el norte peninsular.

El tránsito constante de peregrinos generó una demanda sostenida de vino a lo largo del recorrido. Esta bebida cumplía varias funciones: formaba parte de la alimentación cotidiana, era necesaria para la liturgia y, en muchos casos, resultaba más fiable que el agua disponible en el camino.

Como respuesta, se intensificó la producción vitivinícola en las regiones atravesadas por la ruta. Territorios como Navarra, La Rioja, el Bierzo, el Ribeiro o el valle del Duero consolidaron su actividad, ampliaron su escala y reforzaron su proyección.

Este proceso no partía de cero. En muchos de estos espacios existía ya una tradición vitivinícola previa. Sin embargo, el Camino contribuyó a organizarla, conectarla y dotarla de continuidad.

Los monasterios desempeñaron un papel central en este desarrollo. A lo largo de los siglos XI y XII, comunidades benedictinas, cluniacenses y cistercienses estructuraron el cultivo de la vid, concentraron la producción y garantizaron el abastecimiento para los peregrinos.

De este modo, el Camino de Santiago actuó como un eje de circulación económica y técnica. A través de él se difundieron conocimientos, se reforzaron prácticas agrícolas y se consolidó un sistema vitivinícola estable en el norte de la Península.


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El Camino de Santiago y los vinos del peregrino en la Edad Media

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