En 1989, la cadena belga de supermercados Delhaize encargó tres mil hectolitros de Rioja a granel. Quería embotellarlos en Bélgica. Solo pudo recibir seiscientos: la normativa española limitaba la exportación de vino sin embotellar. El caso llegó al Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas y planteó una pregunta que el vino arrastraba desde hacía siglos: quién tenía derecho a llenar la botella. La historia del embotellado en origen es, en buena medida, la respuesta.
Durante siglos, el vino viajó en botijas, tinajas, barriles, pipas y botas. La botella llegaba al final, en la taberna o en la casa. En el Buenos Aires de finales del siglo XVIII, según la arqueología, las botellas de mesa sustituyeron a las jarras y se rellenaban una y otra vez. En Veracruz, en 1786, las entradas del puerto registraban en una misma lista barriles de vino y cajones de botellas.
No faltaba vidrio. En 1542, el granadino Rodrigo de Espinosa había instalado ya un horno en Puebla, en Nueva España, y su producción llegó a Guatemala y Perú. Siglos después, la industria abarató el envase: en 1895 se fundó en Jerez una fábrica de botellas con capital francés.
Pero tener botellas no significaba que la bodega las llenara. En el negocio del jerez, los importadores británicos eran a menudo los dueños de las marcas, mientras las bodegas exportaban a granel. En 1970, el 92 por ciento del jerez exportado salía todavía sin embotellar y sin marca.
En Argentina ocurría algo parecido. El vino se elaboraba en Mendoza y San Juan, pero se envasaba en Buenos Aires y en otras grandes ciudades. En 1968, solo el 18 por ciento se fraccionaba en su provincia de origen. El largo trayecto a granel se señalaba a menudo como ocasión para aguar o adulterar el vino.
El cambio llegó con la ley. Argentina obligó en 1984 a envasar en origen las damajuanas y los vinos reserva. La norma se derogó en 1991, pero la tendencia ya no se detuvo: en 1999, casi el 98 por ciento del vino salía envasado de su zona productora.
En España, Rioja fue reconocida en 1991 como denominación de origen calificada y dejó de venderse a granel a finales de 1992. Ese mismo año, el tribunal europeo declaró contraria a las reglas comunitarias la restricción española entonces vigente. En 2000, con otra normativa, el mismo tribunal aceptó que el Rioja se embotellara obligatoriamente en su zona de producción para proteger su calidad y su reputación.
La botella llevaba siglos en la mesa. Tardó mucho más en convertirse en la firma de la bodega.
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Historias del vino – La botella no siempre fue del vino
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