En mayo de 1976, una cata a ciegas celebrada en París enfrentó vinos franceses de Burdeos y Borgoña con referencias californianas. El resultado sorprendió al jurado: los vinos de Estados Unidos obtuvieron las mejores valoraciones.
Aquel episodio, conocido como el Juicio de París, consolidó la idea de que la calidad podía construirse fuera del eje europeo tradicional.
Desde entonces se afianza un modelo distinto de producir y comunicar el vino. En este enfoque pesa menos la región entendida como prestigio heredado, y más la variedad y el estilo: vinos con perfiles reconocibles, fáciles de identificar por el consumidor y coherentes con un mercado internacional en expansión.
Ese paradigma encuentra una rápida traducción en Hispanoamérica, y Chile es el primer país que lo adopta con decisión. A mediados de los años ochenta, varios productores fijan un objetivo claro: competir en el máximo nivel internacional. La referencia inmediata es el modelo californiano, apoyado en tecnología, control de procesos y una estrategia comercial más decidida.
Pero el camino chileno no pasa por imitar sin más a Napa o Sonoma. Antes, el país ordena su geografía vitícola con grandes zonas asociadas a estilos definidos: el Valle del Maipo, por ejemplo, vinculado a tintos estructurados a partir de Cabernet Sauvignon; y el Valle de Casablanca, a blancos frescos basados en Chardonnay.
La prioridad es la regularidad: vinos consistentes, pensados para ofrecer la misma experiencia a un consumidor global.
En ese contexto se consolidan etiquetas emblemáticas como Manso de Velasco, Don Melchor y Almaviva, que refuerzan la presencia de Chile en los principales mercados.
Al mismo tiempo, al otro lado de los Andes, Argentina llega al mismo paradigma por una vía menos planificada y más condicionada por la crisis.
La sobreproducción provoca el arranque de miles de hectáreas y empuja al sector a replantearse su papel: competir solo en volumen y precio o redefinir su identidad. Algunos profesionales optan por lo segundo.
Nicolás Catena Zapata impulsa la apuesta por la Malbec, hasta entonces secundaria, incorporando criterios técnicos desarrollados en Estados Unidos -menores rendimientos por cepa y una elaboración más controlada en bodega- y sumando un elemento decisivo: el cultivo en viñedos de gran altitud.
Así, Chile y Argentina se integran en el Nuevo Mundo con recorridos distintos, dentro de una tradición enológica hispana compartida.
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Historias del vino – Vinos del Nuevo Mundo: del Juicio de París a Chile y Argentina
