A comienzos del siglo XVIII, el vino era un producto escaso en el territorio de la actual Colombia. Las condiciones climáticas tropicales impedían el cultivo regular de la vid europea, lo que obligaba a depender completamente de las importaciones procedentes de la Península Ibérica.
El abastecimiento partía desde Sevilla y cruzaba el Atlántico en los galeones de Tierra Firme. Tras una travesía de varios meses, el vino llegaba a Cartagena de Indias, uno de los principales enclaves estratégicos de la Monarquía Hispánica en el Caribe, desde donde se redistribuía hacia el interior del virreinato.
El transporte hacia zonas como Santafé de Bogotá implicaba un recorrido complejo por el río Magdalena y posteriores trayectos terrestres. Este sistema logístico elevaba considerablemente los costes, de modo que en el interior el vino quedaba restringido a las élites administrativas, eclesiásticas y mercantiles.
Mientras tanto, la mayor parte de la población consumía bebidas locales como la chicha, el guarapo o el aguardiente. Estas alternativas no dependían del comercio atlántico y resultaban más accesibles para mestizos, indígenas y población esclavizada.
Sin embargo, el vino desempeñaba una función que iba más allá de su consumo. En la aduana de Cartagena se aplicaba sobre él el derecho de avería, un impuesto destinado en gran parte a financiar la protección militar de las rutas marítimas. Una porción de esta recaudación tenía un destino específico de carácter asistencial.
Por disposición oficial, una cuarta parte de esos ingresos se destinaba al Real Hospital de San Lázaro, institución encargada de atender a los enfermos de lepra. Situado fuera del núcleo urbano desde finales del siglo XVI, este hospital acogía a una población marginada y sin recursos, sostenida en parte gracias a la fiscalidad del comercio del vino.equilibrio.
Escucha el episodio completo en RNE Play
Historias del vino – El vino de los leprosos en la Colombia del siglo XVIII
